En la vida hay procesos que por ser tan automáticos nunca nos cuestionamos, pero ¿qué pasa cuando la respiración resulta dificultosa y no podemos ni siquiera andar normalmente? ¿Y qué tiene ver esto con la fotografía? Hace poco tiempo tuve la oportunidad de experimentar en primera persona los graves problemas de la altitud y cómo pueden afectar al desarrollo de un proyecto fotográfico.

Altiplanicie del Tíbet, 5.350 mts de altitud, una aclimatación demasiado corta y muchas, muchas ganas de fotografíar a los nómadas. Hemos caminado durante toda la mañana y parte de la tarde para llegar un asentamiento donde montaremos el campamento. Forrado con toda la ropa de abrigo que tengo, cojo mi cámara y desoyendo las indicaciones del guía de que guardase reposo, me dispongo a establecer contacto con un grupo de personas locales y a esperar la llegada de los rebaños de la montaña. Las condiciones meteorológicas son sencillamente infernales: frío, mucho frío, nieva, hace viento, esta nublado, y me veo obligado a caminar despacio, muy despacio, casi como si estuviese enfermo. La estampa de mi cuerpo moviéndose torpemente en medio del valle es un tanto cómica (prometo que no había probado la cerveza de cebada, que de forma artesana fabrican los habitantes locales).

Realmente, nuestro organismo no está adaptado a vivir en esas altitudes, falta el oxígeno del aire y se nota.


“Fish blood” (sangre de pescado) nos llaman nuestro equipo de ayudantes entre risas, ellos no tienen este problema. Un perro me sigue en mi búsqueda fotográfica, esa inquietud que te lleva a buscar ese “algo” que llene ese cuadro del fotograma. Un niño, con sólo un zapato me da la bienvenida, corre, salta, juega con el perro. Los “mocos” llenan su cara, lleva diez veces menos ropa y de peor calidad que yo, sólo puede comer tsampa y algo de leche. Está sólo en un medio difícil, sus padres posiblemente trabajando en la montaña, en nuestra civilización sería un drama, él, simplemente, sonríe. Su concepto de vida es mucho más simple que el nuestro, a él le preocupa únicamente: respirar.  Despacio le sigo hacia el campamento entre el revuelo de los ladridos de otros perros guardianes que intentan proteger sus dominios.

Para mí es muy difícil agacharme y levantarme una y otra vez para tomar fotografías, jadeo, me asusto de mi “lamentable estado”, después de meses de preparación física para esta expedición. Me empeño en tomar fotografías, pero mi cuerpo me para y obliga a: respirar. Como si se tratase de un parto, sigo un ritmo de respiraciones profundas a las que siguen unos rápidos disparos con la cámara. Los niños no paran de moverse, las cosas pasan mucho más rápido de lo que puedo capturarlas, es una lección de humildad que me regala la naturaleza. La noche fue larga, el día siguiente cruzamos pasos de montaña más altos todavía. Tras unos días de aclimatación durante la ruta todo cambió y la “sangre de pez” se tornó en humana, por suerte.

Primero respirar, luego fotografíar…no intentes cambiar el orden ¡¡¡

Oscar Catalán

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